Nosotros, las y los otros

Arturo Mora Alva

“Creo que hay que pelear contra el miedo, que se debe asumir que la vida es peligrosa y que eso es lo bueno que la vida tiene para que no se convierta en un mortal aburrimiento”.

“Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana”.

“Ojalá podamos tener el coraje de estar solos, y la valentía de arriesgarnos a estar juntos”.

Eduardo Galeano

A riesgo de cansar, el tema de la pandemia sigue siendo nota y cada vez una nota roja, dentro del juego de los semáforos sanitarios. Ya no se sabe si es necesario dejar de leer todo lo que se difunde en las redes sociales y en los medios de comunicación. Será ya necesario dejar de ver y oír noticias, y no detenernos en algún encabezado en Facebook, una nota en Twitter o una imagen de Instagram. Todo apunta a querer informar con la lucha que dan los medios digitales y los tradicionales por las audiencias, los suscriptores y por los seguidores es ardua y competida, pero al mismo tiempo ya hay una saturación de información y tal vez, hoy la abundancia de ésta nos está haciendo ignorantes funcionales, informados pero saturados y no hay tiempo de procesar y pensar lo que se informa.

Lo que está pasando ahora en los países de Europa deberán poner en alerta al resto de los gobiernos de todas las naciones. La incertidumbre de lo que vendrá a la par del incremento de los contagios y en la que las muertes se multiplican ponen un tétrico escenario con el Covid-19, pero, lo cierto es que, entre todo ello, la vida sigue y las luchas políticas y electorales están más activas que nunca. Quienes ejercen el poder en las esferas de la vida social, económica, financiera y productiva siguen jugando a sacar el mejor provecho de las actuales circunstancias.

La vida es compleja en sí misma. Los sueños de justicia y democracia, se mueven entre la memoria y el olvido, entre la anomia y la acción social. La vida cotidiana de millones de personas se desenvuelve entre las necesidades de la subsistencia y la falta de oportunidades dentro de un sistema que ha dejado en claro que las personas en muchos de los casos son solamente son seres desechables, daños colaterales, carne de cañón y que son al final de cuentas sólo números que se registran en las estadísticas frías que se reportan en los informes de agencias internacionales y hasta de la misma ONU.

¿Cómo invitar a tener la esperanza de que todo mejorara? ¿Cómo ofrecer alternativas cuando la inmediatez es para lo único que les alcanza a los gobiernos y a los políticos? ¿Cómo entender que hoy hay más preocupación y recursos para las luchas políticas y las estrategias de las campañas políticas que para atender los problemas que la pandemia agudizó?

Algo está por demás desajustado. La arrogancia y la soberbia, se imponen a la realidad. Los discursos y narrativas de los grupos políticos en todos sus formatos, colores y siglas, se mueven en la torpe negación de los hechos, en envueltos en las luces de lentejuelas propias de la farándula del espectáculo y que solamente los proyecta en un vacío social, en el que ya casi nadie los ve y los oye, llegando a verdaderas acciones ominosas, con siniestras actitudes y discursos demagógicos.

El repertorio de frases, dichos, discursos y posiciones políticas agreden la inteligencia de muchos y la crítica, de todo tipo, aun la más constructiva y propositiva, argumentada y fundada, se desecha sin ni siquiera intentar entender lo que se busca aportar y la más de las veces, no se escucha, ni por cortesía. La fractura entre la sociedad y quienes ejercen el poder se amplía y la brecha se profundiza y las posibilidades de encontrar las salidas a todo lo que nos esta pasado se ven cada vez más lejanas.

Habrá que pensar pronto y juntos. Habrá que dar vuelo a la imaginación para encontrar nuevos caminos y opciones, pero, también se requiere asumir la responsabilidad de hacer que las cosas que son vitales sean una prioridad, que el desprecio con el que se trata a la población debe parar y que la exigencia social se convierta en una voz fuerte y en un contrapeso real ante los abusos de poder, pero sobre todo a la negligencia de quienes nos gobiernan.

No se trata de buenas intenciones, mucho menos de buenas conciencias. No se trata de enemigos, ni de diferencias irreconciliables, sino de poner como prioridad la condición humana y sus aspiraciones de igualdad, equidad, justica, dignidad, fraternidad y sororidad.

La agenda social es cruelmente realista. Todo lo que falta por atender, por cambiar: la carencia, la escasez, junto con la exclusión, el rechazo, la discriminación y el abuso, la dominación, la explotación, la denigración junto con las muertes absurdas y evitables, nos dicen de forma clara y contundente cuáles son las verdaderas prioridades, si es que hay la voluntad y la sensibilidad para transformar el sistema económico y social que hemos creado desde la modernidad y con el capitalismo y sus expresiones en la actual sociedad de mercado, que todo lo convierte en mercancía.

Nosotros, los otros, entran en escena. Nosotras, las otras, todos entran en escena. Nos necesitamos reconocer, tenemos que dar la oportunidad de que al menos nos veamos como pares. Las preocupaciones son compartidas: el empleo, buenos salarios, el acceso y disponibilidad de los servicios de salud y de una adecuada alimentación, de educación de calidad, de recreación y disfrute de la cultura, de un ambiente sano y sustentable, y de una convivencia multicultural, diversa e incluyente. Nosotros, nosotras, los otros, las otras son las miradas y las voces necesarias para dar sentido a la vida y lograr paliar el dolor y el sufrimiento humano.

Sigmund Freud escribió: “Si realmente el sufrimiento da lecciones, el mundo estaría poblado sólo de sabios. El dolor no tiene nada que enseñar a quienes no encuentran el coraje y la fuerza para escucharlo”. Esta más que claro que quienes ejercen el poder no han querido desde hace mucho escuchar, ver, oír y sentir el sufrimiento y el dolor humano. Creo que nosotros y nosotras sí, esa es nuestra ventaja y nuestra fuerza para ser desde y para las y los otros.

Por: Arturo Mora Alva

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