Quedarnos

Arturo Mora Alva

“El tiempo es una de las pocas cosas importantes que nos quedan”.

Salvador Dalí

“Lo único que realmente nos pertenece es el tiempo. Incluso aquel que nada tiene, lo posee”.

Baltasar Gracián

“Tú tienes el reloj, yo tengo el tiempo”.

Tuareg, Hombre de azul

El tiempo se siente y se vive de muchas formas. La pandemia y el encierro han dado la oportunidad de percibir y sentir el transcurrir del tiempo como hace mucho no lo hacíamos. Contar los minutos, las horas, los días y los meses es algo se ha hecho una nueva afición o una aflicción.  Los relojes juegan a marcar el tiempo y nosotros a querer tener la ilusión de controlarlo. Nuestros sentidos buscan acelerar su devenir o bien detenerlo, aun retrasarlo. La experiencia del resguardo nos ha hipersensibilizado, las emociones y los sentimientos juegan con nuestra percepción, con nuestros sentidos y con nuestros pensamientos. La razón se ve alterada y las definiciones y argumentos no bastan.

Más allá de las explicaciones que la física o que la filosofía han dado, el tiempo es algo que nos pertenece en la efímera existencia humana, y si partimos de reconoceros en el tiempo mismo y en las formas que tenemos de darnos cuenta del transcurrir de la vida. Sentimos y luego existimos propone Juan Villoro “La característica fundamental del ser humano no es pensar, sino creer que piensa. En El error de Descartes, António Damásio señala que los recientes estudios del cerebro revelan que las decisiones que tomamos no dependen del raciocinio, sino de la emoción. De ahí el título del libro. El neurocientífico portugués sostiene que Descartes se equivocó al definir al ser humano como «cosa pensante». En consecuencia, el célebre lema «Pienso, luego existo» podría reescribirse como «Siento, luego existo».”

El tiempo se siente y es a veces: ligero, pesado, lento, rápido, pasmoso, vertiginoso, salta, retrocede o avanza, es rígido o flexible, se nos va de los manos o se convierte en una carga. El tiempo se siente en la piel, se reconoce en los rostros, se ve en los cuerpos, se reconoce en las experiencias vividas. El tiempo es inexorable. En la “Historia del Tiempo” de Stephen Hawking se analiza la evolución del concepto de “tiempo”, desde el tradicional pasando por el tiempo “imaginario” y las llamadas flechas del tiempo (termodinámica, psicológica y cosmológica) que distinguen entre el pasado y el futuro, y es esa distinción la que nos permite pensar en el cambio, en la evolución, en el desarrollo, en las transformaciones personales y sociales.

Es claro que nos reconocemos, nos vemos, nos percibimos desde ese transcurrir en el tiempo, y es ahí, en donde podemos tener la consciencia de uno mismo, de lo que somos, de lo que hemos sido y de lo podremos llegar a ser, si es que vamos poniendo la voluntad, el deseo y el amor como fuerzas vitales que se empeñan en ir en sentido contrario, a la única certeza que tenemos en el horizonte personal que es la inevitable muerte. Pablo Neruda escribió: “Si nada nos salva de la muerte, que al menos el amor nos salve de la vida”.

La pandemia nos hizo quedarnos en casa, otros se que han quedado sin ella, muchos más sin trabajo y otros tantos sin sus seres queridos. Queremos y buscamos quedarnos vivos, aunque la audacia, la imprudencia, la ignorancia y la irresponsabilidad ponen en duda y en riesgo el tiempo de vida que tenemos nosotros y nuestras familias y de amigos, compañeros y vecinos. El virus del Covis-19 sigue sumando contagiados y muertes a su favor.

En la tradición mexicana rendimos tributo a nuestros muertos. La mexicanidad incorporó los altares y las ofrendas como símbolos de conmemoración y recuerdo de los que ya han muerto antes que nosotros, de todos ellos que son nuestros ancestros, que son las raíces y son las historias que le dan en muchos casos sentido y valor a la vida y al propio tiempo que tenemos de vida. El dolor y el duelo que se sienten ante las ausencias, se vuelve a sentir como ritual social esos días y va más allá de la razón y de la tradición.

Los primeros días de noviembre son fechas de un calendario interno e intimo, que nos invita a quedarnos vivos, a tener en las tradiciones y los rituales un calendario propio de nuestras despedidas, de reconocer nuestras marcas en la pared, de ver los álbumes de nuestros difuntos. Las veladoras, los retratos, el papel de china picado, la fruta, la comida preparada, el agua, la sal, el incienso y el copal, las flores junto con el cempasúchil que es del color del sol, nos invitan a quedarnos vivos, es a estar vivos el mayor tiempo posible, con el corazón y la piel tatuados por los rostros y cariños de madres, padres, primos, tías, esposas y esposos, nietos, amigos con los que compartimos la vida hecha tiempo y que ya no están.

La pandemia nos ha descolocado de nuestras certezas y rutinas. La temporalidad de lo efímero de nuestra existencia que ahora sentimos, especialmente ante el miedo al contagio de la enfermedad y ante la amenaza de la muerte, nos permite sentir y apreciar la vida, esa que corre en la piel y de bajo de ella, esa  que se siente en el corazón, esa misma que nos hace pensar en cada uno de nosotros y en los que están cerca, pero, sólo si lo queremos y logramos expresar el amor que sentimos a las personas que nos rodean y que queremos, es que podremos quedarnos en la finitud del deseo de estar vivos y la posibilidad de poder quedarnos en el futuro, que es el único lugar al que podemos ir, como escribió Woody Allen, sí, ese futuro posible  que podremos construir, si es que somos capaces de dar sentido vida  junto con otros con quienes convivimos en este tiempo y aprovechar plenamente el quedarnos.

Por: Arturo Mora Alva

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